Arquetipos mitológicos en psicología (J.S.Bolen)

Jean Shinoda Bolen es doctora en Medicina, analista junguiana y profesora de Psiquiatría Clínica en la Universidad de California. De toda su obra, voy a centrarme en dos libros: Las diosas de cada mujer y Los dioses de cada hombre.

Todas y todos somos protagonistas individuales de nuestras vidas. Tomamos opciones conscientes, decidimos, sopesamos pros y contras, nos dejamos llevar por impulsos. Pero somos inconscientes de los poderosos efectos que tienen los estereotipos culturales, así como de las influencias que tienen  sobre nuestros actos y sentimientos determinados patrones internos, los llamados arquetipos, que son, a su vez, responsables de las principales diferencias entre las mujeres y entre los hombres. Los estereotipos pueden limitar el potencial humano y la forma natural de ser, puesto que recompensa algunas cualidades y rechaza otras. Junto a ello, los valores y creencias de las personas están modelados por la cultura, que se refleja en las leyes y en las costumbres.

Bolen ofrece en sus dos libros una perspectiva psicológica que combina los arquetipos internos con los estereotipos de la conformidad-exigencia, tratando de comprender dónde residen nuestros conflictos y de qué modo podemos alcanzar mejor la plenitud. Para ello, se basa en imágenes arquetípicas representadas por divinidades griegas. Aunque una sea la dominante, existen muchas diosas y dioses en cada mujer y hombre. Hablar de diversidad de modelos constituyó un planteamiento novedoso frente a las teorías extendidas que definen la normalidad como la adaptación a  un patrón único de personalidad. Los dioses y las diosas representan diferentes cualidades de la psique humana. Las deidades tanto masculinas como femeninas están presentes en cada persona en forma de arquetipos, aunque en general los dioses son los determinantes más fuertes y con más influencia en la personalidad del hombre, así como las diosas lo son en la de la mujer.

El conocimiento de los arquetipos proporciona medios para que cada persona se entienda a sí misma y sus relaciones con los demás, así como para conocer lo que es motivador, frustrante o satisfactorio para cada cual. Los patrones ayudan a explicar las diferencias de personalidad, el potencial de las dificultades psicológicas y las maneras en que puede evolucionar una mujer o un hombre.

Las mujeres están influidas por poderosas fuerzas internas, o arquetipos, que pueden ser personificadas por las diosas griegas. Las diosas son fuerzas poderosas e invisibles que moldean la conducta e influyen en las emociones. Y las fuerzas externas o estereotipos (papeles a los que la sociedad espera que la mujer se adapte) refuerzan algunos patrones y reprimen otros. Así, la mujer se ve impulsada desde dentro y desde fuera. Cuando se vuelve consciente de las fuerzas que influyen en ella, obtiene el poder que proporciona el conocimiento de la fuerza de los instintos, las prioridades y capacidades y las posibilidades de encontrar un propósito personal a través de las opciones tomadas.

Evidentemente, este planteamiento también es válido para los hombres y sus dioses.

Los patrones internos afectan también a las relaciones con los hombres, porque ayudan a explicar dificultades y afinidades con ellos e influyen en la selección y estabilidad de las relaciones. Y, por supuesto, también repercuten en cualquier tipo de relación: padre/madre-hija/hijo, hermanos/hermanas, etc.

Cada arquetipo se asocia a un don y a conflictos potenciales. Saber qué dioses o diosas actúan en cada persona es útil para conocer qué opciones o caminos son más satisfactorios, cuáles son los puntos fuertes y los débiles y dónde puede encontrar ayuda. Bolen nos anima a reconocer el patrón que nos rige a cada una para tratar de realizarse a través de él.

MITO, CUENTO Y ARQUETIPO

Cuento: “relato, generalmente indiscreto, de un suceso”, “relación, de palabra o por escrito, de un suceso falso o de pura invención” y “narración breve de ficción”.
En contra de lo que nos pudiera parecer, un cuento no es un simple medio para entretener a los niños. Son relatos de sabiduría profunda e intemporal que aportan valores morales envueltos en historias divertidas y apasionantes. Por eso, desde hace unos años, el cuento se está empleando como material de estudio en psicología, desentrañando las enseñanzas contenidas en ellos para que sirvan como apoyo y aprendizaje en el auto-conocimiento. Muestra de ello son obras como las de Jorge Bucay y  Alejandro Jodorowsky,  entre otros. Me gustaría destacar el libro de Clarissa Pinkola Estés, Mujeres que corren con los lobos, del que hablaré en otro momento.

Según el Diccionario de la  Real Academia de la Lengua, mito es “narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Con frecuencia interpreta el origen del mundo o grandes acontecimientos de la humanidad.” Pero en su segunda acepción podemos leer “historia ficticia o personaje literario o artístico que condensa alguna realidad humana de significación universal”. Esta definición es la más interesante a efectos de interpretación simbólica y psicológica. Los mitos están repletos de símbolos que conectan con lo más profundo del subconsciente colectivo y, por ello, también con el propio.
Mircea Eliade (estudioso de las religiones y de los mitos) en su obra Mito y realidad explica que el mito “cuenta una historia sagrada, relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial. Es, pues, siempre el relato de una creación: se narra cómo algo ha sido producido, ha comenzado a ser. El mito no habla de lo que ha sucedido realmente, de lo que se ha manifestado plenamente. Los personajes de los mitos son Seres Sobrenaturales. Se les conoce sobre todo por lo que han hecho en el tiempo… relatan los acontecimientos primordiales a consecuencia de los cuales el hombre ha llegado a ser lo que hoy es. Cuanto relatan los mitos concierne a los seres humanos directamente, mientras que los cuentos y fábulas se refieren a sucesos que, incluso cuando han aportado cambios en el mundo, no han modificado la condición humana en cuanto tal”. Al conocer el mito, se conoce el origen de las cosas, y a su vez, este conocimiento es el que permite revivir ese primer momento. Refiere una historia sagrada, por lo tanto verdadera y en un tiempo primordial, el tiempo de los orígenes, extra-temporal y a-histórico, en el cual los sucesos se repiten periódicamente, simbolizando con frecuencia acontecimientos cíclicos observables en la naturaleza. De esta periodicidad da cuenta la particular estructura cíclica, circular, del relato mítico. El mito representa una historia simbólica cuya alegoría se refiere a acontecimientos de la naturaleza y de la vida del ser humano que se repiten constantemente (la muerte, el ciclo de las estaciones). Otras veces, el mito representa una explicación sobre el origen del mundo y es un sustento de la cosmovisión de una cultura. Me parece igualmente interesante aportar la opinión del analista junguiano Robert Johson (Ella: para entender la psicología femenina) al respecto de los mitos: “son fuentes para la indagación psicológica. Se trata de historias producidas por la imaginación y la experiencia de una era y una cultura íntegras: pueden verse como la destilación de los sueños y las experiencias de toda una cultura. Parecen desarrollarse gradualmente a medida que emergen, se elaboran ciertos motivos y finalmente se redondean mientras la gente cuenta y recuenta las historias que atrapan y sostienen su interés. Así, temas que son precisos y universales se mantienen vivos, al tiempo que se disuelven los elementos particulares de individuos específicos o de un período particular. Por consiguiente, los mitos registran una imagen colectiva; nos hablan sobre cosas que son verdaderas para toda la gente”

Los mitos evocan sentimientos e imaginación y tocan temas que forman parte de la herencia colectiva de la humanidad. En ellos hay una resuenan verdades sobre la experiencia humana compartida, incluso cuando no los comprendemos, dado su valor simbólico. A través de esos símbolos, el mito emite algo que es importante para la persona, que capta algo y ve una verdad a través de ellos.

Y ¿qué es un arquetipo? El DRAE lo define como “modelo original y primario en un arte u otra cosa”. Esto también incluye la “representación que se considera modelo de cualquier manifestación de la realidad” A nivel psicológico los arquetipos son “imágenes o esquemas congénitos con valor simbólico que forman parte del inconsciente colectivo”. Por último, también leemos el siguiente significado: “tipo soberano y eterno que sirve de ejemplar y modelo al entendimiento y a la voluntad humanos”
Como hemos visto, los mitos se convierten en arquetipos en cuanto a su valor simbólico y las alegorías que encierran, las cuales forman parte del inconsciente colectivo de toda una cultura, sociedad o pueblo. Junto a esto, son ejemplos y modelos de explicación, comportamiento, origen y demás que permiten al ser humano entender su mundo y ajustarlo a esos modelos de la realidad que representan.

Por todo esto, al hablar de dioses y diosas, nos referimos a fuerzas arquetípicas del inconsciente colectivo, a factores psíquicos que influyen y condicionan nuestra realidad. Y como los mitos griegos entroncan directamente con la base de nuestra cultura, son una gran ayuda para comprender quiénes somos, cómo y por qué actuamos, sentimos, vivimos, de una determinada manera. Aunque esta forma de trabajar uniendo mitos y psicología no es nueva, le debemos su popularización a Jean Shinoda Bolen con sus dos magníficos libros Las diosas de cada mujer y Los dioses de cada hombre, que analizaré en sus correspondientes posts.

Querida Mujer (subtitulado al español) – YouTube

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El Sabbat de las mujeres: celebrando el poder de la menstruación

Este fragmento pertenece al libro de Lara Owen  Her Blood Is Gold: Celebrating the Power of Menstruation (Su sangre es oro: Celebrando  el poder de la menstruacion), Harper San Francisco, 1993.

Creo que este libro no está editado en España, aunque seguiré buscándolo. Prometo avisar si lo encuentro.

En otras culturas, en vez de ser ignorada, la menstruación ha sido considerada (y en algunos casos aún lo es) como un tiempo especial y sagrado para las mujeres.

La abundancia de símbolos relativos a la mujer encontrados en excavaciones en lugares antiguos de Europa y el Cercano Oriente sugiere de manera enfática que dichas culturas eran matrifocales y reverenciaban a la Diosa y a los procesos del cuerpo femenino. Las prácticas rituales estaban ligadas al sangrado mensual de las mujeres y la sangre menstrual era altamente valorada como poseedora de poderes mágicos. La palabra ritual viene de “rtu”, que significa menstruo en sánscrito. En la época anterior al sacrificio de seres vivos, la sangre menstrual se ofrecía en ceremonias. La sangre menstrual era sagrada para los Celtas, los antiguos Egipcios, los Maorí, los primeros taoístas, los Tantristas y los Gnósticos.

Los Nativos Americanos comprendían muy bien los diferentes sentimientos que las mujeres experimentan cuando menstrúan y para ellos estos sentimientos formaban parte de algo muy importante en los ciclos del cuerpo femenino. Las mujeres se retiraban a un recinto especial a pasar su sangrado. Se le consideraba ser el tiempo en que una mujer se encontraba en el nivel más alto de su poder espiritual, durante lo cual la actividad más apropiada era descansar y acumular sabiduría.

La tribu Yurok del norte de California poseía una cultura espiritual muy desarrollada basada en el ritmo del ciclo menstrual para las prácticas rituales no sólo de las mujeres sino también de los hombres. Las mujeres
acostumbraban a retirarse “en masa” durante la luna nueva por un período de diez días. Durante ese tiempo los hombres se concentraban en el “desarrollo Interno”, en ceremonias y meditación. Mientras los adultos estaban ocupados
acumulando poder espiritual, los niños eran cuidados por los ancianos de la tribu. Todo el trabajo que los adultos tenían que hacer se concentraba en los otros días del mes.

Cuando los hombres blancos entraron en escena, “el mundo se paró de cabeza”. Las actitudes hacia la menstruación cambiaron y las muchachas fueron adoctrinadas por sacerdotes en vez de las ancianas de la tribu. En vez de enseñárseles que una vez al mes sus cuerpos se volvían sacros, se les enseñó que se volvían inmundos. En vez de retirarse a un recinto a meditar, orar y  celebrar, se les enseñó que estaban enfermas.

En 1986 conocí a un maestro de las tradiciones Nativo-Americanas. Me enseñó que una mujer menstruando tiene el potencial de ser más poderosa física y espiritualmente que cualquier hombre o mujer en cualquier otro momento. Aquello volteó de cabeza mis condicionadas representaciones de la realidad. Yo siempre había experimentado mi menstruación como un período de debilidad y dificultad. ¿De qué podría estar hablando aquel hombre?

Me indicó que cavara un hoyo en la tierra y que le hablara al hoyo de mis pensamientos negativos sobre la femineidad y el sangrado. Dijo que la tierra transformaría la energía negativa que yo sostenía alrededor de mi naturaleza  femenina. Me sentí bastante tonta, pero de todos modos lo hice y me sorprendió descubrir cuántos malos sentimientos acerca del ser mujer acechaban dentro de mi mente feminista altamente educada. Este ejercicio fue doloroso pero muy eficaz.

Comencé a ver mi sangre con reverencia más que con miedo, disgusto o indiferencia. Para ese entonces ya no usaba tampones, así que comencé a mirar mi sangre apropiadamente cada mes, en lugar de verla en un desagradable tampón. Vi que era clara y roja, y algunas veces más oscura y con coágulos. Si en verdad liberaba mi visión, entonces podía ver que estaba llena de vida, llena de magia, llena de potencial. Comencé a sentir gozo al pensar en mi sangre, en ser mujer, al pensar que después de todo había algo extraordinariamente mágico y misterioso en habitar un cuerpo femenino.

El resentimiento que había sentido durante mi adolescencia por haber nacido mujer y la convicción de que los muchachos eran mejores, palidecieron y fueron reemplazados por una creciente sensación de maravilla frente a las complejidades, posibilidades y profundidades ofrecidas por el ciclo mensual.

Comencé a tomarme tiempo para descansar, meditar y simplemente estar conmigo durante los días de mi período. Me di cuenta de que entonces era particularmente capaz de reflexionar, y que dichas reflexiones eran de una naturaleza sin tiempo. Sentí que me estaba conectando con alguna antigua y vasta fuente de sabiduría femenina, simplemente con sentarme quieta y escuchar mientras sangraba. Tomarme ese tiempo durante mis menstruaciones creó una relación muy diferente con mi cuerpo. Mi salud mejoró y poco a poco los cólicos que había sufrido durante la mayor parte de mi vida se mitigaron, y mi período se volvió un tiempo de placer más que de dolor.

Estaba comenzando a quererme a mí misma verdaderamente. Por supuesto que uno no puede obligarse a hacer esto, del mismo modo que uno no “hace” que otra persona lo quiera a uno. Comenzó a suceder de manera muy gradual, y mucha gente que se atravesó en mi vida me ayudó a ver con más claridad.

Pero lo importante al principio fue el conocimiento de que la menstruación es una fuente de poder. Esta invaluable pieza de información, junto con el fuerte instinto que tenía acerca del poder del útero, transformaron mi profunda y en su mayor parte inconsciente falta de autorespeto.

Pensar en la menstruación como una fuente de poder para las mujeres iba completamente en contra de mi condicionamiento, y sin embargo sabía en mi corazón que era verdad. Me di cuenta de que había muchísima energía en la dicotomía entre lo que nos enseña nuestra cultura y mi reacción instintiva de “¡Claro que sí!” a esta sabiduría ancestral. Cuando se localizan los puntos donde la cultura se separa de una verdad natural, se habrá encontrado una llave, un pasaje hacia las enfermedades de dicha cultura. Comencé a entender que la hendidura entre la sabiduría y el poder de la menstruación que yo estaba percibiendo y las actitudes de la sociedad moderna con respecto al útero, se situaba en el corazón de la subyugación y la negación de la realidad y la experiencia femeninas.

Para muchas mujeres, la raíz de su infelicidad yace en la dolorosa relación con los procesos de ser mujer. Las mujeres son entrenadas para esconder a cualquier costo el hecho de que menstrúan. Las manchas de sangre en la ropa constituyen una horrible vergüenza. Nadie dice nunca: “No quiero ir a trabajar o a la fiesta porque estoy menstruando”, a menos de que se sienta enferma por ello y en ese caso por lo general dirá que tiene dolor de cabeza o un problema digestivo.

Cuando el útero y la menstruación son vistos únicamente como una incómoda necesidad biológica, la autoestima de las mujeres es correspondientemente baja. Nosotros somos nuestros cuerpos, y no podemos realmente amarnos en lo profundo de nuestros corazones si no amamos nuestros cuerpos sinceramente. Y no amas tu cuerpo si te sorprendes diciendo “¡Oh, no! ¡Me bajó la regla!”

En el siglo XIX, la menstruación era vista por los médicos como un signo más de la inferioridad y debilidad de las mujeres. Sin embargo, por lo general hay al menos un chispazo de verdad en cualquier ideología, y los médicos de la era Victoriana no estaban completamente equivocados cuando señalaban la importancia de la menstruación con respecto a la salud general de las mujeres, de la relación entre útero y psique, o de la cordura de descansar durante los períodos. Hemos tendido a rechazar todo esto porque nos recuerda el tiempo en que las vidas de las mujeres estaban más controladas por los hombres, y porque revive los viejos argumentos que mantuvieron a las mujeres atadas a la casa y sin injerencia en el mundo exterior.

También hemos rechazado con bastante razón la idea de que los procesos naturales de ser mujer constituyen una enfermedad. Pero decir que algo no es una enfermedad e ignorarlo por completo no necesariamente es la misma cosa. Al ignorar la menstruación como reacción a las ideas de la era Victoriana, quizás hemos perdido contacto con un persistente hilo de conciencia de su valor en la vida de las mujeres.

Los cambios que han tenido lugar en la vida de las mujeres durante los últimos treinta años podrían parecer una revolución, pero en muchos casos ha sido más bien una asimilación. Las mujeres que buscan poder en un mundo masculino han tenido la tendencia de hacerlo convirtiéndose en pseudo-hombres. Y quizás inadvertidamente el feminismo ha desempeñado un papel en la supresión de la menstruación. Uno de los miedos más grandes que he encontrado en mujeres exitosas y ambiciosas cuando hablo de las ideas antiguas del poder de la menstruación, es que esto afecte de algún modo su mito de ser “tan buenas como los hombres y a veces mejores”.

Muchas mujeres no quieren profundizar en el tema de la menstruación, asustadas de lo que pudieran descubrir. Les parece mejor suprimir sus sentimientos con tranquilizantes, rociarse con desodorantes vaginales para disfrazar el olor de la sangre, anestesiar su dolor con químicos, y absorber su sangre con tampones de modo que no tengan que verla. Es más fácil ser una mujer exitosa un un mundo de hombres si apenas reconoces que menstrúas.

La tecnología de la supresión -tampones, desodorantes vaginales, calmantes sofisticados y drogas antidepresivas ha actuado junto con el mito de la Supermujer para crear una actitud cultural predominante de que una mujer menstruando no es diferente de la que no menstrúa. El problema con todo esto es que simplemente no es verdad. Cualquier mujer remotamente en contacto con su cuerpo sabe que cuando está menstruando, y por lo general días antes, se siente distinta. Y éste es un hecho de la naturaleza que no puede ser negado.

Uno de los aspectos de la menstruación que ahora amo y aprecio es la predecible imposibilidad de predecirla. Una nunca sabe cuándo vendrá exactamente y algunas veces te toma completamente por sorpresa. Y no sólo no toma en cuenta los horarios sino que además es un lío. Tratamos tanto de ordenar y hacer sanitaria la vida moderna que corremos el riesgo de que no quede vida en nosotros. Las menstruaciones nos salvan de ese destino -son un aspecto salvaje y primitivo, crudo e instintivo, sangriento y eterno de lo Femenino- y ninguna cantidad de “civilización” cambiará eso.

Mi período es un acontecimiento mensual en mi vida que tengo en común con todas las mujeres que han vivido. Las mujeres que vivían en cuevas hace 20.000 años, las sacerdotisas en las pirámides del antiguo Egipto, las videntes de los templos de Sumeria: todas ellas sangraban con la Luna. La primera mujer que produjo el fuego pudo haber estado menstruando en esa ocasión. Eso es algo en qué pensar. Si la menstruación es un tiempo altamente creativo para las mujeres en el aspecto psíquico y espiritual, quién sabe cuántos regalos habrá recibido la humanidad de las mujeres durante sus períodos.

El valor que asignamos a la menstruación tiene correlación directa con el valor que nos asignamos como mujeres. Y esto afecta a los hombres también. Pensamos que los sexos están separados, y de algún modo así es. Pero por otro lado, todos somos parte de la misma gran sopa humana, y el modo en que las mujeres se ven a sí mismas y son vistas afecta también a los hombres.

Tal pareciera en la superficie que los hombres han tenido la ventaja durante los pasados varios miles de años, pero eso es verdad sólo desde cierta perspectiva. Tanto hombres como mujeres han sacado provecho y han sufrido por los desequilibrios de la sociedad patriarcal. También los hombres han sido separados de sus cuerpos y de sus sentimientos, y del placer y curación que son posibles cuando se dan relaciones basadas en la cooperación más que en la jerarquía y la dominación.

Imagina un mundo en el que hombres y mujeres trabajen juntos para desarrollar el sentido de paz interna que se produce al sentarse quieto un par de días al mes; un mundo en el que los hombres apoyen a las mujeres para que pasen algunos días en calma y silencio; un mundo en el que la sangre menstrual sea otra vez un fluido mágico con el poder de nutrir la vida nueva; un mundo en el que la menstruación sea entendida como el Sabbat de las mujeres: un espacio natural dentro de un ciclo lunar para el retiro, la introversión y el trabajo interno; un mundo del cual las mujeres emerjan como la misma luna nueva, renovadas y mudadas de la vieja piel.

Hace algunos años tuve la oportunidad de pasar largas temporadas sola en un lugar hermoso en la Sierra a orillas del Lago Tahoe, un lugar vasto y azul sagrado para los indios. Comencé a retirarme por completo cuando tenía mi período, quedándome quieta y sola, sentada en la tierra bajo el sol, con lagartijas y grajos azules como compañía, con el viento y la luna y el sol, las ondas y los colores de la superficie del lago guiándome y entreteniéndome. Viajaba dentro de mi psique y me encontraba repentinamente llorando por algo olvidado hace mucho, algún suceso de mi niñez o adolescencia.

Mi período se volvió un tiempo en el que era particularmente capaz de abrirme al material psicológico y a soltar emociones. Noté que después de los primeros días de sangrado me quedaba muy quieta y callada durante aproximadamente un día, y aparentemente no sucedía nada, un espacio vacío después del llanto y los recuerdos. Luego, conforme mi período terminaba, había varias horas de claridad en las que era particularmente creativa y abierta a información acerca del futuro, por lo general del mes siguiente, pero a veces más adelante aún.

Este patrón continúa, aunque usualmente es menos intenso hoy en día. Gran parte de los embrollos psicológicos que guardaba profundamente han sido soltados, probablemente tanto como mi psique quiere hacerse cargo en esta etapa de mi vida. Ahora me siento más actualizada conmigo misma, así que hay menos cosas que soltar, por lo general son simplemente cosas a las que me he aferrado durante el último mes. Todavía lucho con el tiempo vacío y a menudo comienzo a hacer cosas, imaginando que no está sucediendo nada internamente, sintiendo que sería mejor regresar a mis actividades en el mundo externo.

Con frecuencia esto tiene repercusiones y encuentro que logro muy poco y gasto mucha energía. Es difícil sentarse quieta cuando no surge nada en qué trabajar, me es difícil honrar ese vacío aunque sé que precede a la creatividad, la inspiración y la percepción interna. Todo es parte del proceso, pero se trata de una parte sin dramatismo y aún tengo la tendencia de tratarlo sin miramientos.

No suelo practicar la meditación todos los días. Prefiero ajustar mi tiempo de contemplación a mis propios impulsos. Cuando tengo mi período, a menudo entro en un espacio callado, solitario y meditativo durante tres o cuatro días, y luego mucho menos frecuentemente el resto del mes. Siento esto como un ritmo muy natural para mí, y es por eso que considero el tiempo de sangrado como el Sabbat de las mujeres.

Sangrar en la tierra

Tradicionalmente, las mujeres Nativo-Americanas acudían al recinto de la Luna mientras menstruaban y sangraban sobre musgo, sentadas en la tierra. Consideran que la relación entre las mujeres y la tierra es de suma importancia, y dicha relación es nutrida mediante sangrar en la tierra. Cuando las mujeres hacen esto tienen una conexión celular directa con la Tierra, lo cual las ayuda a centrarse y a “hacer tierra”.

La primera vez que escuché la idea de sangrar en la tierra de una amiga mía, pensé que sonaba un poco tonto, un poco pretencioso. Pero comencé a hacerlo tentativamente, y empecé a sentir un vestigio de conexión con algo muy antiguo. Uno de los problemas que tuve fue averiguar cómo hacerlo. Las mujeres nativo americanas solían sentarse sobre musgo en la Casa de la Luna.

¿Dónde se suponía que debía sentarme a sangrar? Aún si encontraba un buen pedazo de tierra donde sentarme, no quería quedarme ahí todo el tiempo. Entonces comencé a usar almohadillas de tela para absorber mi sangre, las que remojaba en agua antes de lavarlas. Me di cuenta de que podía verter el agua de remojo en la tierra, así que eso es lo que hago ahora. El agua es de un hermoso color rojo, y la vierto en la tierra alrededor de las plantas. Este acto me llena con un sentimiento de conexión, de propiedad, de estar en paz con algo que a menudo es hecho a un lado en la vida moderna. Actos simples de valor, sabiduría simple.

Es como cortar leña, arrullar a un bebé, hornear pan o beber de un riachuelo silvestre. Es uno de esos actos de ser un ser humano que está fuera del tiempo, que tiene un valor eterno, parte de estos continuos giros de vida y muerte. Las células que mueren en mi cuerpo y que son transportadas en la sangre menstrual, son alimento para la tierra. Lo que muere da a luz. Lo que muere alimenta a quienes viven y habrán de vivir.

Si ignoro mi sangre me distancio de este conocimiento. Temo a mi sangre y me desagrada, pues si desconozco que también es alimento, que también es un regalo que yo porto, entonces la veo como mera pérdida. Un desperdicio de sangre, un desperdicio de tiempo, un bebé que no fue concebido. Ya sea que desee un embarazo o no, mi sangre es siempre un regalo. Y es un regalo en el sentido literal, así como un regalo psíquico para mí misma. Es un regalo de mi cuerpo a la tierra: la madre que me ha alimentado y nutrido cada día de mi vida.

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Advanced Moon Mother formada por Miranda Gray, Terapeuta Esencial y Master en Flores de Bach por el Centro Edward Bach de Madrid, EFT, Maestra de Reiki Usui Tibetano.

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Mujer de Luna

Esta aventura comenzó como Historias en Espiral, una nube de textos que se entretejían formando un viaje hacia el interior. Se transformó en Mujer de Luna cuando el viaje se llenó de energía y esencia femenina conectada con la Luna y nuestro útero. ¿En qué estación del viaje estás tú?

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