El cerebro durante el embarazo

El cerebro durante el embarazo

El embarazo conlleva los mayores cambios físicos y psicológicos en una mujer. Por no hablar del trabajo, el planteamiento de la vida y la pareja, etc. Pero en este artículo, vamos a centrarnos en los primeros.

Aumentan los pechos, aparecen náuseas y vómitos, un cansancio extremo, sangrado nasal… Pero los cambios más importantes y que no percibimos tienen lugar en otra parte de nuestro cuerpo: el cerebro.

Ese órgano pensante, que contiene tantos misterios y del que siempre se ha dicho que se desgasta con el tiempo, que no se regenera, que con la edad se pierden neuronas y no se pueden recuperar, nos sorprende dejándose modificar por las oleadas de hormonas que invaden el cuerpo femenino a lo largo de los meses de embarazo.

El crecimiento del feto en el vientre, el nacimiento, la lactancia, el contacto diario… Los aspectos físicos generan nuevas pistas neuroquímicas en el cerebro, junto con una modificación química provocada por las neurohormonas procedentes del feto y de la placenta, y el tremendo aumento de la oxitocina, crean y refuerzan sus circuitos. Así se crea un cerebro motivado, atento, protector, que “obliga” a la madre a cambiar sus reacciones y prioridades en la vida. Los cambios en el cerebro de una madre son los más profundos y permanentes dentro de la vida de una mujer.

La transformación comienza desde la concepción. En primer lugar, el cerebro frena las células del hipotálamo responsables de iniciar un ciclo menstrual. Dos semanas después de la fertilización, el óvulo se implanta en el tejido uterino y se conecta con el aporte sanguíneo de la madre. Desde ese instante comienzan los cambios hormonales en el cuerpo y en el cerebro. Al comienzo, los circuitos cerebrales se sedan. La mujer está somnolienta y tiene mayor necesidad que nunca de dormir y descansar. Los centros cerebrales de la sed y el hambre aumentan sus demandas por efecto del alza de hormonas, ya que el cuerpo necesita producir el doble de su volumen normal de sangre. El cerebro cambiará sus reacciones frente a determinadas comidas y olores, como una prevención ante alimentos que podrían dañar al feto.

Entre el segundo y el cuarto mes de embarazo, la progesterona sube de diez a cien veces su nivel normal y el cerebro queda inundado por esta hormona de efectos sedantes. Esto y el aumento de estrógenos protegen contra las hormonas del estrés, las cuales son producidas en grandes cantidades por el feto y la placenta e inundan el cuerpo y el cerebro de la madre, de modo que al final del embarazo los niveles hormonales de estrés son bastante elevados. Sin embargo, no provocan tensiones en la madre. Su función es controlar que la mujer vigile su alimentación, su seguridad y su entorno, dejando de lado otras cuestiones menos vitales para el desarrollo del bebé. De ahí, las distracciones y los olvidos.

Al cuarto mes, el cerebro ya se ha habituado a esos cambios hormonales y desaparecen, en cierta medida, los problemas con la comida y los olores. Tanto el cerebro consciente como el inconsciente están focalizados en lo que sucede en el útero.

Entre los seis meses y el final del embarazo, el cerebro también cambia de tamaño y estructura, encogiéndose. Algunas partes crecen en detrimento de otras que tienen que cederles sitio, pero vuelven a su estado natural aproximadamente seis meses después del parto. En la semana o quincena previas al nacimiento, el cerebro vuelve a crecer en tamaño mientras construye amplias redes de circuitos maternales. Al acercarse la fecha, el cerebro se preocupará casi exclusivamente por el bebé y los circuitos cerebrales maternos se ponen en alerta. Impulsado por señales que proceden del feto, el nivel de progesterona desciende de repente y la oxitocina inunda el cerebro y el cuerpo, haciendo que el útero comience a contraerse. A medida que la cabeza pasa por el canal del parto, se disparan las aportaciones de oxitocina al cerebro, activando nuevos receptores y creando nuevas conexiones entre las neuronas. El resultado, euforia e incremento de los sentidos. En el plazo de unas horas o unos pocos días, la mujer se siente embargada por el afán de protección. La resolución de cuidar y proteger a ese nuevo ser se apodera de los circuitos cerebrales maternos.

Los cambios también se dan en otros aspectos: mejor memoria espacial, más flexibilidad y capacidad de adaptación, mayor valor. Cualidades estas necesarias para custodiar y proteger a los bebés. Estos cambios duran toda la vida.

Todos estos cambios son válidos incluso para las madres adoptivas. Mientras se permanezca en contacto físico continuado con el niño, el cerebro emitirá oxitocina y formará los circuitos necesarios para hacer y mantener el cerebro maternal.

Estudios realizados con escáneres demuestran que, ante la visión de la pareja y del hijo, se iluminan las mismas regiones del cerebro, activadas por la oxitocina. En ambos tipos de amor hay aportes de dopamina y oxitocina que crean el vínculo, desconectando el pensamiento juicioso y las emociones negativas, y conectando circuitos de placer que producen sentimientos de felicidad y apego. Por ello, en la mayoría de los casos, los lazos se estrechan cuanto más cerca se está físicamente del bebé.

La lactancia materna regala un beneficio extra a las madres. Cuando el bebé chupa, se desencadenan flujos de oxitocina, dopamina y prolactina en el cerebro. Estas hormonas hacen a la mujer sentirse amada, vinculada y satisfecha emocionalmente. Muchos de los sentimientos positivos que se obtienen por medio del acto sexual están suscitados, varias veces al día, por la satisfacción de las necesidades básicas del bebé. Este es un motivo más (junto a los de carácter físico, como los puntos, la cuarentena y otros) por el que tener sexo con la pareja se convierte en una actividad secundaria, en ocasiones, ni siquiera apetecida. Sin embargo, la lactancia tiene un efecto secundario: la falta de concentración mental. Las partes del cerebro que se ocupan de la precisión y la concentración se hacen cargo, también, de proteger y seguir al recién nacido durante los primeros seis meses. En este tiempo no debemos olvidar que el cerebro aún no ha vuelto a su tamaño normal y además se añade la falta de sueño.

Muchas madres sienten miedo, ansiedad, incluso pánico cuando se separan de sus bebés. Ahora se reconoce que se trata de un estado neuroquímico más que psicológico, quizá provocado por un declive en los niveles cerebrales de la oxitocina que regula el estrés y que, como ya se ha dicho, es activada continuamente por medio del contacto físico.

¿Y qué pasa con los hombres?

Ellos también experimentan cambios hormonales y cerebrales. En las semanas anteriores al parto, los padres tienen una subida en su nivel de prolactina, la hormona de la cría y la lactancia. El nivel de hormona del estrés se dobla, aumentando la sensibilidad y la alerta. En las primeras semanas posteriores al parto, la testosterona desciende un tercio mientras el nivel de estrógenos aumenta por encima de sus valores normales. Todos estos cambios tienen el propósito de que sus cerebros se vinculen emocionalmente con sus indefensos bebés.

Información extraída del libro El cerebro femenino, Louann Brizendine, Ed. RBA, 2007

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